02 octubre 2006

Más de cien años

Deambula Amaranta
arrastrando el vestido por el suelo,
maldiciendo lo irrealizable,
preguntándose por qué
no es capaz de conciliar
sus sentimientos (y el deseo)
con la cruz de su virginidad.

Apareció el destino y,
de un solo revés,
rebanó mi inteligencia
retándose en duelo
con lo que quedaba de mi escepticismo

Me estremecí
cada noche
entre el goteo puntiagudo
de un terrible virus contagioso
comunmente llamado insomnio

Supe después
que aquel virus
provocaba otra pesada muerte
llamada amnesia
que consistía en saber olvidar
sin derramar una lágrima
ni llevarse las manos a la cabeza

Aprendí que comer tierra
era mucho más que un acto de ingerir

Mientras,
un coronel dictaba sentencias:
hojas de papel escritas
con la sangre de sus rodillas de una tarde
frente al pelotón de fusilamiento
bajo la nunca paz de los fusiles
y el estrépito de cien risas enlatadas

Conocí a alguien
encorvado por un peso destructivo
cuyo lastre provocaba llagas,
heridas de cuchillos en su cuerpo
que él creyó clavar en otros.

Fue entonces cuando vi de cerca
al monstruo de la conciencia
y recordé a aquel hombre,
aquellos cuchillos
y perdí.

Volví a la vida
aturdido
bajo los gemidos
de tantas personas
como personas
con ojos
hubiera sobre la tierra
para ver que el tiempo
sólo es un círculo vicioso
atrapado
en el tiempo atrapado
en el tiempo
como un círculo vicioso.

Sentí el dolor
en los remedios
de la belleza insuperable
de una mujer
que parecía hacer pactos
con el tiempo
mientras levitaba
por encima de la realidad.

Tuve
en fin
cien años de soledad
para hacer cuentas

Necesité
de ciento dos
con cada uno de sus días,
horas y minutos
para pulsar mi paciencia,
quizá,
para aprender algo más
sobre esa terrible ciencia
que habla de
saber
esperar.

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